De la exclusión a la expulsión del yo

La exclusión de un individuo de sus lugares de pertinencia lo despoja de referentes que le ayudan a conformar su identidad. Esta, por romántico que sea, no puede elevarse sin anclajes aferrados a existentes definidos. El yo, es de por sí un objetivo suficientemente abstracto como para que intentemos construirlo sobre seres etéreos que lo evaporan y disipan más. Si sentimos ser alguien, poseer un yo, inalcanzable, debemos poder amarrarlo al mundo, para hacerlo más consistente. Sino los que lo tildaron de una idea de la imaginación sin referente alguno, como Hume, habrán logrado argumentativamente noquear al sentido común que sostendría la existencia de un yo, de entrada porque tenemos conciencia de él.

Así, la exclusión acaba derivando en una expulsión del sujeto de sí mismo, dejándolo en el abismo de una disociación entre lo que cree descubrir y lo que creía ser.

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