De costumbres y hábitos

La costumbre es un ejercicio arraigado en nuestra mente, fruto del hábito y la herencia cultural, que nos exime del uso de la reflexión y agiliza respuestas casi automatizadas. Cabría distinguir claramente las que llevamos a cabo por tradición y adquiridas culturalmente, que pueden ser sometidas a revisión –aunque no sea una práctica fácil- y aquellas más propiamente adquiridas por hábito que llegamos a automatizar e incorporar sin ser conscientes muchas veces, con el tiempo, de cómo las realizamos.

La ruptura con la tradición y las costumbres que esta impone es necesaria siempre y cuando sea el resultado de un análisis crítico y profundo de las creencias heredadas. Sin este acto de “rebeldía” no habría progreso moral, puntualizando que no toda ruptura con la tradición es de antemano un progreso moral. En este sentido apelaba a la crítica racional rigurosa que asegure una mejoría en la vida de los humanos y no un cisma sin sentido. Sabemos que, en ocasiones, la reacción contra las costumbres establecidas lleva a la prevalencia de parámetros opuestos, que no son en sí mismo deseables, sino que adquieren sentido como respuesta brusca a lo que estaba establecido y que quizás funcionaba de forma excesivamente restrictiva.

Por otra parte las acciones que hemos automatizado parecen tan adheridas a nosotros como las funciones vegetativas. Conducir, el uso del móvil, del ordenador,…no obstante observamos nítidamente la diferencia cuando un lapsus mental, producido por disfunciones neurológicas o la ingestión de determinados medicamentos, nos vacía de determinados automatismos que somos incapaces de realizar conscientemente, porque en realidad ya no recordamos cómo los llevábamos a cabo. Se puede conconducir y súbitamente quedarse en blanco, porque se ha borrado la acción automatizada y uno no recuerda cómo funcionan las marchas, qué debe hacer para frenar y ralentizar el coche. O, en otra situación, que se bloquee el móvil porque uno pierda absolutamente el automatismo de la contraseña gráfica, que implicaba un movimiento interiorizado. Así, uno se da cuenta de que lo que nunca ocurre es que se paralicen las funciones vegetativas–podrían provocar la muerte- Por ello, la adhesión de estos ejercicios automatizados son obviamente fruto del hábito y tal y como han sido aprendidos pueden ser anulados. Hay que reconocer, sin embargo que la capacidad de la memoria que nos permite incorporar estas acciones como automatismos agiliza la cotidianidad y nos facilita la vida en un mundo altamente tecnológico.

De esta forma la costumbre y el hábito tienen su función en el ordenamiento social, pero solo y solo si, son evaluadas por un análisis crítico y riguroso que permita mantener lo que mejora la vida del hombre y eliminar o substituir lo que la degrada. Sin el cumplimiento de esta condición, ir sustituyendo una forma de hacer por otra es absurdo porque se carece de un criterio de sustitución con sentido.

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