La familia,bien gracias

Los cambios que se están produciendo en el seno de la denominada familia tradicional no son una cuestión banal. Tras la pérdida de autoridad progresiva de las figuras parentales, estas se han transformado en algunos casos en parejas del mismo sexo, sin vinculación de sangre con los hijos y uno de los miembros o ninguno. No es comparable con el caso de una adopción por parte de una pareja heterosexual, cuya adaptación, integración y formas de apego están trabajadas por experiencia desde hace más años.

La reivindicación del derecho de los homosexuales al matrimonio y posteriormente a poder adoptar y asumir la custodia conjunta de unos niños por parte de una pareja del mismo sexo como figuras parentales condicionará la educación, el desarrollo y la identidad de estos niños de una manera que considero aún no podemos prever; en este sentido no sabemos si para su bien o su desgracia. Lo que parece evidente es que los educadores en las escuelas, los especialistas en psicología y las familias que se encuentran con estas familias, por buena voluntad de integración que tengan no saben cómo gestionar el asunto. Hay, y es en momentos así que nos hacemos conscientes, un arraigo de la figura parental heterosexual en nuestra sociedad, que los escollos que surgen cotidiana- mente como motivo de exclusión de los niños que no cumplen este requisito son incontables. La percepción de que son una excepcionalidad, y de que su familia es diferente, la adquieren los niños en cuanto entran en diálogo con otros, sin que sea fácil dar un relato normalizado que haga sentirse al niño como los demás.

No pretendo entrar en el arduo debate de si la familia heterosexual tiene un origen natural, como sostienen los socio-biólogos (Wilson) o cultural. Sea como fuere la cultura ha modificado formas de vida biológica que parecían menos adaptativas dado el entorno social al que nos adaptamos, y por tanto me parece de mayor interés ahondar en las causas del cambio como una mutación de carácter cultural.

Así, quien reivindica estas nuevas formas de unidad familiar lo hace atendiendo al derecho de los homosexuales –en igualdad con los heterosexuales- a formar una familia. Otros podrían contraponer el derecho del niño a criarse con sus padres biológicos que son heterosexuales. En estos entramados argumentativos pocas veces el eje central es el derecho del infante a tener una identidad genealógica clara, a no sentirse el experimento genético que satisface las necesidades de los adultos, haciendo que uno ponga el semen y se desentienda y otra lo geste prescindiendo de quien puso el espermatozoide. Deberíamos intentar entender cómo debe sentirse un niño cuyo origen es tan turbio. A diferencia de un niño adoptado, en la mayoría de los casos, sabrá de su familia de origen, de las causas que les impidieron hacerse cargo de él/ella, es decir dispondrán de un relato que les hará más o menos comprensible, aunque doloroso, el hecho que no haberse criado con su padres auténticos. Pero seguramente no sentirá la indiferencia y el desprecio que pueden llegar a sentir otros.

Cuidemos en especial el afecto de estos hijos de las nuevas familias, y veamos qué sienten ellos.

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