La culpa de los inocentes

Quien no acepta la sucesión de acontecimientos como algo ajeno, propio de la vida, lidia siempre con el peso de la culpa. Su intento de soslayarla le lleva a considerar la existencia de un Demiurgo, un creador de todo –del bien y del mal- que se recrea en la manifestación del aspecto más maléfico. Dudando de esta posibilidad, que atenta con las raíces de su educación, considera la posibilidad de un destino cósmico contra el cual somos impotentes, pero vuelve a sentirse destrozado por la culpa al sentirse el instrumento del que se sirve el designio para llevar a cabo tanta desgracia. La posibilidad de que sean acontecimientos al azar, le parece inadmisible, porque no cree posible que pueda la casualidad cebarse con esa premeditación y alevosía –contradictorio por otra parte- siempre en determinadas zonas especialmente.

Así, la culpa planea como una sombra sobre su conciencia porque, sea un Dios maligno o causante del mal o un destino cósmico, él se siente en cualquier caso instrumento elegido para la transmisión de ese mal.

Cabe reconocer que hay persones que parecen llevar un estigma grabado en el alma como símbolo de mal fario. Su poder reside en la invisibilidad del estigma, que los otros no ven y que ellos solo reconocen a lo largo de la existencia, cuando se aperciben que allí por donde han pasado, solo han ocurrido desgracias. Eludir en estas condiciones la culpa es algo harto difícil. Aunque, analizando cada una de las circunstancias, podamos demostrar que lo acontecido no fue responsabilidad del individuo azogado, es comprensible que la percepción que este desarrolla de sí y de la vida, sea la de una carga que nadie debe desear encontrarse, y de su existencia una serie de sucesos contra los que solo cabe rebelarse. Recriminar al supuesto Dios, en quien todos parecen creer, que sienta placer haciendo el mal, e inculpándose a sí mismo como alguien que ha estado ciego y no ha sabido retirarse a tiempo.

Nadie lucha contra la culpa sin luchar contra los hechos; nadie puede asumir una vida repleta de calamidades, sin buscar culpables, porque el inocente es, seguramente, aquel que se ve atropellado insistentemente por el mal, sin ser capaz de dar cuenta de dónde surge, como si ya supurara en forma de presagios.

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