Metáforas de la ignorancia

El infinito es uno de esos términos que solo puede ser pensado en negativo. Es decir como lo no-finito, aquello que se sitúa en el otro lado. Así, lo consideramos porque si realizáramos el esfuerzo de llenar de contenido, de pensarlo en positivo, el infinito, casi sentiríamos crujir nuestras neuronas, a no ser que hiciéramos  a voluntad un ejercicio metafórico. Ahí sí, ese es el ámbito donde es posible que la mente transite sin dolor.

Lo aplicado al término anterior sería extensible a otros que se nos hacen inexplicables por impensables. De lo real, por ejemplo, aunque podríamos decir alguna cosa, no nos moveríamos  de la reiteración de tres o cuatro conceptos que sabemos son pertinentes. A pesar de ello somos incapaces de afirmar mucho más, que no se sitúe en el ámbito de lo metafísico porque de alguna manera, ¿alguien es capaz de pensar lo real? De este decimos que es, que no está determinado, porque entonces sería lo existente y no es lo mismo, que para ser debe tener cierto grado de estabilidad,….y poco más.

Parece que lo fundamental se dirime allí donde no alcanza nuestro pensar. Pero, en cuanto estamos mejor constituidos para decir lo que no-es, que lo que es, deberíamos acotar hasta la extenuación este espacio, y soltarnos, tras ello, en el transitar metafórico que sea, como aseguraba Nietzsche, una fuente de conocimiento intuitivo de una riqueza inaudita.

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