Víctima y verdugo

Enhebrar una aguja sin luz alguna y deshacer los entuertos básicos son dos retos similares. El primero, como pedirle a un ciego que vea, el segundo a un alma ajada que cicatrices heridas.

Así, el que carece de luz se torna sensible a cualquier penumbra, girando el rostro en busca de esa tenue línea luminosa. Y quien carece de alma sana es hipersensible a indicios amagados de desapego, girando todo el dolor a cualquier signo de abandono.

El ciego, el desalmado, el desatendido, el inválido, cada cual reacciona raudo a la aparición de su verdugo, buscando nuevas estrategias de defensa.

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