Nunca quise ser una princesa

Nunca me gustaron las princesas. Antes me sentía identificada con el personaje –masculino, por descontado- que asumía el reto de luchar contra el villano/na  y restablecer la justicia –debía mi alma llevar rastro de algún héroe griego- Junto a esto los juegos infantiles acostumbraba a disfrutarlos con mis hermanos, ante el sentimiento de rechazo de  mi hermana-aunque no fuera así- Me apasionaba la actividad que exigía pericia, riesgo, iniciativa y pundonor. Frente a una mera mimesis de las labores que mi madre “medio realizaba” con un gesto de desidia, tristeza y condena, como si le hubiera tocado en el sorteo la peor labor que le puede ser atribuida a un ser humano: ser ama de casa, que más bien significaba esclava de todos. Este panorama no podía ni mucho menos estimular mi deseo de repetir el patrón de vida materno.

He pensado a menudo que si mi infancia hubiera transcurrido en los tiempos actuales hubiera dudado de mi identidad sexual. Creo que hubiera sido un terrible error y espero que no haya circunstancias que, a día de hoy, provoquen en nadie una distorsión semejante. Quizás el indicador sea el sexo que excita y ahí nunca tuve dudas. Que te identifiques más con el rol que desarrolla un sexo u otro puede deberse a lo estimulante de esa función.

Años después, ya oxidada la infancia, creo que la función mal definida de “ama de casa” tiene el valor que la pareja le otorga. Si esa situación se produce con desdén, en el sentido de que la  mujer debe quedarse en casa, fregando y cuidando de los hijos con todo a punto para cuando llegue el marido, pues yo seguiré jugando a las chapas. Si, por el contrario, la pareja valora que los tres o cuatro primeros años de vida de los hijos la mujer –por ejemplo- renuncia a trabajar y se hace cargo del cuidado de los hijos, mientras el padre trabaja, luego obviamente todo es compartido, la corresponsabilidad y vivencia de la situación y valoración propia de lo que hace la mujer es bien distinto. Así, entiendo que muchas amas de casa pudieran vivir su situación como una condena.

Lo que nunca es deseable es pasar de unos extremos a otro, porque las acciones por reacción, son normales como respuesta inmediata, pero son irreflexivas. Así, recuperar el valor de la crianza de los hijos por parte de los padres, es un reto pendiente, esa crianza con apego, pero desde mi punto de vista, no comunitario al menos en los primeros años, porque entiendo que las figuras de apego deben estar definidas claramente, y no pueden ser infinitas.

Ahora bien, hablar de esto en un momento en que la sociedad del bienestar empieza a firmar su finiquito –a lo mejor hasta recibe indemnización- me parece algo cínico, porque es como si me estuviera dirigiendo a las clases dominantes. Recordemos que el paradigma de la crianza con apego por excelencia –y ya me pincha la aguja- es Bescansa quien además de tener un trabajo que consiste en estar sentada en el parlamento con sus amiguetes que se van pasando el bebé, ¡¡¡¡tenía una canguro!!!!! a su disposición para los momentos más comprometidos, además de la guardería del congreso de los diputados – todo esto para que llame a su madre por un imprevisto-

Siendo este el estado de las cosas, la progresiva desaparición del Estado del Bienestar que se vaticina en Europa, el empobrecimiento mayoritario de la población, el enriquecimiento de una minoría va a dar al traste no solo con un nivel de vida que hubiera sido deseable extender a otras partes del mundo, en lugar de perder y asemejarnos a ellos, sino con cambios sociales históricos conseguidos como el cambio de roles sexuales–aunque aún quedara mucho por avanzar- los derechos de los trabajadores, derechos sociales de subsistencia, sanidad, pensiones, maternidad, paternidad, discapacidad, dependencia. El futuro inmediato y a corto plazo se avecina como el declive económico y social de una sociedad que ha explotado y que solo algunos han recogido sus frutos.

Por lo dicho, y lo añadido, no me gustan las princesas pasivas que esperan que aparezca un héroe que la salve y de paso al mundo. Prefiero encarnar al Quijote que, sin posibilidad alguna, se lanza contra los molinos. Aunque después, y eso ya me ocurrió, porque los tiempos son ya viejos, despierte de la cordura y más loca aún perciba mi miserable figura –siempre creí que el loco era el cuerdo-

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