Idolatría de la juventud

La edad se espejea sin recato entre el  melancólico cabello gris y los repliegues que surcan el rostro evocando los gestos de antaño. Aun así, el tiempo vivido es directamente proporcional a la intensidad subjetiva de la existencia, con lo que, reflejando cincuenta, podemos sentirnos personas de setenta. Este hecho, hoy es percibido como un fracaso, y un éxito sentir el elixir de la eterna juventud, es decir que tengamos los años que tengamos nuestro espíritu debe sentirse joven. ¡Menuda condena! Digo yo. Porque el culto a la juventud, como modelo a seguir, no ha sido más que el resultado de una sociedad de consumo que necesitaba la impulsividad y la excitación del deseo para mantener activado el ímpetu de absorber, tener y consumir –sin olvidar que esa juventud externa prolongada tiene también su coste- sin esfuerzo, solo por la condición de ser joven, que en sí mismo es valioso.

Pero, reflexionando con calma, la eterna juventud, es la eterna inmadurez, la renuncia al saber, a una perspectiva más objetiva y menos tumultuosa, más enraizada a lo posible. Si por otro lado cualquiera recuerda su juventud, es una época en la que hay una gran capacidad de disfrutar, pero a su vez una época dura, de buscar un sitio en el mundo, un trabajo u ocupación que permita vivir y agrade –cosa cada vez más difícil- Decidir el tipo de vida que se desea llevar, sin sentirse atrapado por el sistema –lo cual es un denominador común de generaciones de jóvenes que acaban sucumbiendo-

Mantenerse joven siempre sería como ser un Sísifo bloqueado en medio del camino con el peso de la piedra, o de la vida. Si etapas anteriores tienen valor es precisamente porque su naturaleza forma parte del pasado. No podríamos seguir tomando biberones, sin menospreciar lo más mínimo la importancia de la  etapa en que lo hicimos, pero vivir emulando el momento evidenciaría una nostalgia patológica.

¿Por qué ser nostálgicos con la juventud? porque socialmente es una edad valorada muy por encima de las otras etapas, la sociedad parece o aparenta, estar organizada por y para ellos. Los que son útiles y triunfan son ellos, el resto una mera carga con la que hay que vivir, de momento.

Por otra parte tener la recompensa de entrar en la edad adulta permite relativizar y mirar desde perspectivas menos dogmáticas diversos aspectos de la existencia. Este ojo más longevo relee acontecimientos anteriores y presentes con más tolerancia, que no indiferencia, y de la misma forma que es más comprensivo con otros, empieza a serlo con él mismo. Así, está preparado para entrar en diálogo con las cuestiones más punzantes de la existencia, sin resquemor, ni dolor,  siempre y cuando la distancia le haya permitido fundirse en ellas, y entienda que nunca es una contienda personal, sino una búsqueda de la humanidad sobre sí misma.

Pero, para llegar hasta aquí, falta un trecho y varios Sísifo retados a ser el auténtico que desvele a Camus el misterio del suicidio.

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