La Ley -que me a- mordaza

Someterse al Imperio de la ley es uno de los pilares del Estado moderno que se ha ido degradando, por lógica interna, hasta nuestros días. Es consecuencia de esa ingenua voluntad, de querer atribuir o personificar entes abstractos, que sin acciones humanas no son más que ideas. Evidenciada esta obviedad, las leyes son siempre interpretadas y aplicadas por humanos. No hay imperio de la ley, hay imperio de los humanos que poseen el poder judicial, y el poder de legislar.

En este contexto, en el triste panorama de un gobierno con mayoría que legisla, nace La ley mordaza, esa ley que nos amordaza y cuya aplicación se está haciendo, además porque la propia ley así lo permite, de forma totalmente arbitraria.

Como resultado el Estado de Derecho se va a su vez desvaneciendo y los ciudadanos pierden, aparte de garantías, un criterio diáfano de qué constituye delito y qué no. Lo que realizado por unos es interpretado como apología del terrorismo por falta de respeto a las víctimas, al ser realizado por otros se convierte como mucho en un comentario desafortunado. Esta arbitrariedad genera inseguridad, rabia y falta de confianza en el sistema que poco ofrece ya al ciudadano para considerarlo democrático.

Lo curioso es que en España surgió esta ley para proteger a la población de las peligrosas protestas del 15M –no me río porque entiendo que el ridículo es obvio-aunque curiosamente solo ha sido aplicada contra la población misma, y nunca en casos de manifestaciones o actos violentos.

Así es que, el Estado no puede ejercer como nada, porque nada es, excepto a través del brazo ejecutor que siempre es el gobierno de turno que legisla y ejecuta en su propio interés. Error crucial de las bases contractualistas.

La ley mordaza, que así deseamos todos que pase a la historia, porque un término tan ilustrativo no requiere casi explicación es la muestra evidente de que en España la democracia social y económica entró en declive, pero la política se hunde sin paracaídas. Siento que algunos se empeñen en confundir ilegalidades con libertades de expresión, con otros fines ulteriores, porque al final nadie sabe de qué habla. Deberíamos situar, lo más rigurosamente, los términos en el lugar que les corresponde, para alejar confusiones: hablar de libertad cuando proceda, de independencia cuando ese sea el tema, de terrorismo si cabe, pero no hagamos un saco donde todo cabe porque todos saldremos perdiendo.

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