El Logos quebradizo o nada

¿Qué decir sobre algo cuando  carecemos de objeto? ¿Qué mostrar cuando se nos antoja ese algo como evidente? ¿Cómo intentar tan siquiera el balbuceo que ilumine otras mentes cuando balbuceamos por incapacidad de no hacerlo?

Cada curso muchos profesores volvemos a hacernos visibles para nuevos alumnos. Hacerse visible es extremadamente fácil, aunque a veces no basta con entrar en el aula, seguro  de que una incursión verbal servirá de alerta para hacernos indiscutiblemente visibles. Pero esa visibilidad, se me antoja cada vez más distante. No es una simple cuestión de que te vean. El reto es que te quieran ver, que tu presencia despierte en ellos la curiosidad por escuchar lo que tú te dispones a formular. Decir aquello que despierte sus mentes, que las agite, que las incomode. El decir, con el poder mágico del logos griego, que pueda generarles una cierta diarrea mental y sientan la necesidad de evacuar y contener y regular, y dar sentido, coherencia y respuestas sanadoras.

Sigo confiando casi ciegamente en el poder de la palabra bien dicha, me cuestiono sin embargo por cuánto tiempo somos capaces los profesores de ejercer ese don. Sin la magia del discurso vivo, los alumnos dejan de verte, se evaden y tú sientes la soledad del que no puede comunicar. Del que siente que no puede decir, porque su objeto ha caducado, porque no podemos estar eternamente vivos sin morir, y toda muerte genera nuevos objetos, quizás tremendamente inefables para ser oídos.

La coincidencia perfecta entre lo que uno puede decir y lo que  otro puede oír,  es un oasis con fecha de caducidad. A partir de ahí, sólo el sobreesfuerzo, la recuperación de lo ya vivido y generado, la autoempatía puede salvarnos a todos de horas soporíferas. Ahora bien, siendo un estado de gracia la conexión emocional e intelectual -fruto del saber vivo y de la ascendencia que esto produce en el alumno- sostengo la firme convicción de que las condiciones necesarias para el aprendizaje no son otras que estas condiciones emocionales con el profesor. A partir de ahí, la responsabilidad del que educa es la honestidad: no embaucaré a mis alumnos en nada que no me parezca fascinante. Por ejemplo, los presocráticos los reviviré como admirables por lo que fueron capaces de “ver” y por lo que gracias a ellos vieron otros. Pero debo revitalizarlos en su contexto para que lleguen al alumno, y con un diálogo entre la comunidad-clase  y ayudados de los textos originales podamos despedazar el valor de esos filósofos y buscar equivalentes actuales. Eso es un reto que no abandona al alumno en el tumultuoso y arbitrario mundo de la información, sino que le proporciona criterios para ordenar la información y le ensaña a ir construyendo el conocimiento por osmosis. Evidentemente el profesor es, aparte de un educador, un nutrido intelectual que aprende de sus lecturas actuales continuamente y mantiene, en este caso su espíritu filosófico vivo.

La educación exige un proceso – a lo Sísifo- de recomenzarse interiormente aprovechando lo que ya no es, y recuperando lo que fue válido…..suerte a todos

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