Huelga del metro en Barna

Un servicio público cubre necesidades básicas para el funcionamiento de una ciudad, sin el cual se ven afectadas otras áreas públicas o privadas que la ciudadanía, a su vez, utiliza para  el mantenimiento de su vida cotidiana.

Estos servicios públicos deberían tener una regulación propia en el derecho de huelga que atendiera al bien común. Desconozco por completo la reglamentación, pero como de facto el Servicio metropolitano de Barcelona pacta en cada ocasión los servicios mínimos, entiendo que no existe o que nadie la respeta, que viene a ser lo mismo. Así estos mínimos no garantizan el derecho de los ciudadanos a un transporte público que les permita acudir a su puesto de trabajo con la regularidad y puntualidad exigida, en un momento, en que sabemos, que cualquier excusa es buena  para que te inviten a ser emprendedor. Tampoco, por supuesto, permite otro tipo de tareas necesarias que implican desplazamientos para atender a personas discapacitadas u otras situaciones de necesidad.

Viendo que la posibilidad de regular los servicios de transporte públicos en momentos de huelga es nula, muchos barceloneses se han cuestionado si, siendo el contencioso con la empresa de transportes y no con los ciudadanos, no ejercerían mayor presión y protegerían a los ciudadanos de perjuicios, hacer huelga de brazos caídos en las taquillas, abrir las puertas y dejar que los usuarios entraran sin pagar. Tal vez, este gesto de forma indefinida, que implicaría pérdidas diarias en el transporte, sería una acción con más eficacia y menor perjuicio para los que no tienen nada que ver en el asunto.

Pensemos que, por ejemplo, los profesores y trabajadores de la enseñanza, como servicio público ha estado sobradísima de motivos para hacer huelgas indefinidas desde los cursos más bajos. Pero la responsabilidad social con la que ejercen su vocación y que nadie destaca –por eso lo hago yo aquí- ha descartado esa posibilidad por considerar irresponsable dejar a las familias con el problema de tener a sus hijos en casa, sin saber qué hacer para ir a trabajar, o llevarlos a un centro donde no se imparte clase y hay unos vigilantes que no garantizarían del todo la seguridad de sus hijos –diga lo que diga la consejería de enseñanza- Este acto de conciencia, porque los niños no son objetos de negociación, sino sujetos, personas a proteger y esa es siempre la voluntad del profesorado –proteger no significa aquí edulcorar- podría hacerse extensivo a otros colectivos y reflexionar sobre la situación de los ciudadanos que utilizan el metro. No son precisamente los pudientes de la sociedad sino en su mayoría personas con menos poder adquisitivo que ellos que están en huelga. No se merecen encima, pagar su huelga, que la pague la administración pública, trabajen y dejen pasar gratis a las clases más desfavorecidas que son los usuarios del metro.

El Logos quebradizo o nada

¿Qué decir sobre algo cuando  carecemos de objeto? ¿Qué mostrar cuando se nos antoja ese algo como evidente? ¿Cómo intentar tan siquiera el balbuceo que ilumine otras mentes cuando balbuceamos por incapacidad de no hacerlo?

Cada curso muchos profesores volvemos a hacernos visibles para nuevos alumnos. Hacerse visible es extremadamente fácil, aunque a veces no basta con entrar en el aula, seguro  de que una incursión verbal servirá de alerta para hacernos indiscutiblemente visibles. Pero esa visibilidad, se me antoja cada vez más distante. No es una simple cuestión de que te vean. El reto es que te quieran ver, que tu presencia despierte en ellos la curiosidad por escuchar lo que tú te dispones a formular. Decir aquello que despierte sus mentes, que las agite, que las incomode. El decir, con el poder mágico del logos griego, que pueda generarles una cierta diarrea mental y sientan la necesidad de evacuar y contener y regular, y dar sentido, coherencia y respuestas sanadoras.

Sigo confiando casi ciegamente en el poder de la palabra bien dicha, me cuestiono sin embargo por cuánto tiempo somos capaces los profesores de ejercer ese don. Sin la magia del discurso vivo, los alumnos dejan de verte, se evaden y tú sientes la soledad del que no puede comunicar. Del que siente que no puede decir, porque su objeto ha caducado, porque no podemos estar eternamente vivos sin morir, y toda muerte genera nuevos objetos, quizás tremendamente inefables para ser oídos.

La coincidencia perfecta entre lo que uno puede decir y lo que  otro puede oír,  es un oasis con fecha de caducidad. A partir de ahí, sólo el sobreesfuerzo, la recuperación de lo ya vivido y generado, la autoempatía puede salvarnos a todos de horas soporíferas. Ahora bien, siendo un estado de gracia la conexión emocional e intelectual -fruto del saber vivo y de la ascendencia que esto produce en el alumno- sostengo la firme convicción de que las condiciones necesarias para el aprendizaje no son otras que estas condiciones emocionales con el profesor. A partir de ahí, la responsabilidad del que educa es la honestidad: no embaucaré a mis alumnos en nada que no me parezca fascinante. Por ejemplo, los presocráticos los reviviré como admirables por lo que fueron capaces de “ver” y por lo que gracias a ellos vieron otros. Pero debo revitalizarlos en su contexto para que lleguen al alumno, y con un diálogo entre la comunidad-clase  y ayudados de los textos originales podamos despedazar el valor de esos filósofos y buscar equivalentes actuales. Eso es un reto que no abandona al alumno en el tumultuoso y arbitrario mundo de la información, sino que le proporciona criterios para ordenar la información y le ensaña a ir construyendo el conocimiento por osmosis. Evidentemente el profesor es, aparte de un educador, un nutrido intelectual que aprende de sus lecturas actuales continuamente y mantiene, en este caso su espíritu filosófico vivo.

La educación exige un proceso – a lo Sísifo- de recomenzarse interiormente aprovechando lo que ya no es, y recuperando lo que fue válido…..suerte a todos

La Ley -que me a- mordaza

Someterse al Imperio de la ley es uno de los pilares del Estado moderno que se ha ido degradando, por lógica interna, hasta nuestros días. Es consecuencia de esa ingenua voluntad, de querer atribuir o personificar entes abstractos, que sin acciones humanes no son más que idees. Evidenciada esta obviedad, las leyes son siempre interpretadas y aplicadas por humanos. No hay imperio de la ley, hay imperio de los humanos que poseen el poder judicial, y el poder de legislar.

En este contexto, en el triste panorama de un gobierno con mayoría que legisla, nace La ley mordaza, esa ley que nos amordaza y cuya aplicación se está haciendo, además porque la propia ley así lo permite, de forma totalmente arbitraria.

Como resultado el Estado de Derecho se va a su vez desvaneciendo y los ciudadanos pierden, aparte de garantías, un criterio diáfano de qué constituye delito y qué no. Lo que realizado por unos es interpretado como apología del terrorismo por falta de respeto a las víctimas, al ser realizado por otros se convierte como mucho en un comentario desafortunado. Esta arbitrariedad genera inseguridad, rabia y falta de confianza en el sistema que poco ofrece ya al ciudadano para considerarlo democrático.

Lo curioso es que en España surgió esta ley para proteger a la población de las peligrosas protestes del 15M –no me rio porque entiendo que el ridículo es obvio-,aunque curiosamente solo ha sido aplicada contra la población misma, y nunca en casos de manifestaciones o actos violentos.

Así es que es Estado no puede ejercer como nada, porque nada es, excepto a través del brazo ejecutor que siempre es el gobierno de turno que legisla y ejecuta en su propio interés. Error crucial de las bases contractualistas.

La ley mordaza, que así deseamos todos que pase a la historia, porque un término tan ilustrativo no requiere casi explicación es la muestra evidente de que en España la democracia social y económica entró en declive, pero la política se hunde sin paracaídas. Siento que algunos se empeñen en confundir ilegalidades con libertades de expresión, con otros fines ulteriores, porque al final nadie sabe de qué habla. Deberíamos situar lo más rigurosamente los términos en el lugar que le corresponde, para alejar confusiones: hablar de libertad cuando proceda, de independencia cuando ese sea el tema, de terrorismo si cabe, pero no hagamos un saco donde todo cabe porque todos saldremos perdiendo.

Presencias-ausencias

Existimos, y como tales amarrados al mundo, turbados entre presencias y ausencias que se antojan espectrales, imprecisas. Este devaneo casi metafísico entre lo que es y no está, y lo que está pero no es, nos sitúa en el abismo de la confianza, ese imposible de aceptar. Ya que la distinción entre la presencia de o su ausencia no puede ponerse en manos del azar, sino que debe haber una percepción neta entre ser y no-ser, que minimice el riesgo de error. ¿Cómo puede mi yo llenarse de apariencia hueca de igual manera que de plena presencia?

De hecho la presencia puede ser apercibida o alucinada, casi por el deseo ferviente de plenitud de lo otro. Ahora bien, la ausencia solo puede sentirse como carencia de algo que se ha poseído. Si ese echar de menos es de un calado profundo podemos intuir que esa ausencia es el mayor testimonio de la presencia referida.

Sentir las ausencias es la manifestación de que hubo presencias, por el contrario quien siente ausencias como vacías y no puede encontrar su correspondiente presencia, es un nihilista emocional que derivará por extensión a la nadería existencial.

Idolatría de la juventud

La edad se espejea sin recato entre el  melancólico cabello gris y los repliegues que surcan el rostro evocando los gestos de antaño. Aun así, el tiempo vivido es directamente proporcional a la intensidad subjetiva de la existencia, con lo que, reflejando cincuenta, podemos sentirnos personas de setenta. Este hecho, hoy es percibido como un fracaso, y un éxito sentir el elixir de la eterna juventud, es decir que tengamos los años que tengamos nuestro espíritu debe sentirse joven. ¡Menuda condena! Digo yo. Porque el culto a la juventud, como modelo a seguir, no ha sido más que el resultado de una sociedad de consumo que necesitaba la impulsividad y la excitación del deseo para mantener activado el ímpetu de absorber, tener y consumir –sin olvidar que esa juventud externa prolongada tiene también su coste- sin esfuerzo, solo por la condición de ser joven, que en sí mismo es valioso.

Pero, reflexionando con calma, la eterna juventud, es la eterna inmadurez, la renuncia al saber, a una perspectiva más objetiva y menos tumultuosa, más enraizada a lo posible. Si por otro lado cualquiera recuerda su juventud, es una época en la que hay una gran capacidad de disfrutar, pero a su vez una época dura, de buscar un sitio en el mundo, un trabajo u ocupación que permita vivir y agrade –cosa cada vez más difícil- Decidir el tipo de vida que se desea llevar, sin sentirse atrapado por el sistema –lo cual es un denominador común de generaciones de jóvenes que acaban sucumbiendo-

Mantenerse joven siempre sería como ser un Sísifo bloqueado en medio del camino con el peso de la piedra, o de la vida. Si etapas anteriores tienen valor es precisamente porque su naturaleza forma parte del pasado. No podríamos seguir tomando biberones, sin menospreciar lo más mínimo la importancia de la  etapa en que lo hicimos, pero vivir emulando el momento evidenciaría una nostalgia patológica.

¿Por qué ser nostálgicos con la juventud? porque socialmente es una edad valorada muy por encima de las otras etapas, la sociedad parece o aparenta, estar organizada por y para ellos. Los que son útiles y triunfan son ellos, el resto una mera carga con la que hay que vivir, de momento.

Por otra parte tener la recompensa de entrar en la edad adulta permite relativizar y mirar desde perspectivas menos dogmáticas diversos aspectos de la existencia. Este ojo más longevo relee acontecimientos anteriores y presentes con más tolerancia, que no indiferencia, y de la misma forma que es más comprensivo con otros, empieza a serlo con él mismo. Así, está preparado para entrar en diálogo con las cuestiones más punzantes de la existencia, sin resquemor, ni dolor,  siempre y cuando la distancia le haya permitido fundirse en ellas, y entienda que nunca es una contienda personal, sino una búsqueda de la humanidad sobre sí misma.

Pero, para llegar hasta aquí, falta un trecho y varios Sísifo retados a ser el auténtico que desvele a Camus el misterio del suicidio.