Apatía

La apatía puede ser un estado de auténtico no padecer, no sentir por desprendimiento en un sentido estoico, o puede ser el resultado de un postizo estado de indiferencia gestado como mecanismo de defensa.

Si es posible la primera forma de apatía o no, sería susceptible de un análisis riguroso, por cuanto si aceptamos que alguien no padece, ni siente por su autocontrol deberíamos entender que tampoco disfruta –la felicidad es para Zenón ese estado de apatía- y en consecuencia cuestionarnos de qué tipo de humano estamos hablando.

Por el contrario, entiendo la apatía como una reacción al dolor continuado y agudo, como una defensa hondamente humana, cuya resistencia se reseca a base de sufrir e incapaz de  más, resta hierática y de piedra, resta inerte mientras vive, esperando la muerte real.

La Indiferencia

La indiferencia no atiende o se muestra a lo ajeno, perdería  su naturaleza. El dolor que surge no es por su acción directa, sino por su no-acción, lo otro se siente aludido y vejado, re-acciona a la ausencia absoluta de diferencia, a la cosificación, a ser ninguneado.

Tal vez sea la indiferencia,  el jirón más profundo que nadie jamás haya sentido

¿Tras la rosa y el libro?

Y seguimos, desde el alfeizar de la ventana –o desde la  pantalla de plasma- viendo el curso de los acontecimientos que tozudos se resisten a cambiar sustancialmente. Nosotros, observadores ajenos, después de una jornada de rosas y libros que estimulan a ensanchar el ámbito de la posibilidad, volvemos a la cómoda y denigrante rutina de dejar pasar,….como si no pasáramos nosotros arrastrados por el acontecer.