Red social o red mental

Una red puede ser un entramado de conexiones que estimule e intensifique la comunicación entre los distintos elementos unidos. A su vez, puede ser un conjunto de mallas, más o menos entrecruzadas,  que envuelvan un elemento y que según vayan espesándose hagan más dificultoso  desenredarse. Curiosamente, la red social por no ser literalmente ni una, ni la otra, pueden ser ambas.

Veamos; las redes  pueden conectar y comunicar a un individuo con un número indefinido de ellos. Estas conexiones se realizan de forma rápida, inmediata, unidos a menudo por un fin común, un interés parejo,…lo que provoca una fluidez y espontaneidad intensas, hasta el punto que la sensación de intimar puede confundir la naturaleza de la relación que se crea. Hay quien considera que se crean vínculos más rápidos y veraces que en la realidad, que virtualmente es más fácil. Personalmente, creo que es más riguroso denominar a esto, que parece un vínculo, una conexión fugaz, que por intensa y veraz que se nos antoje no compromete, porque nos ampara un relativo anonimato, el parapeto de la máquina, y el poder de dominar quién presento que soy. Nos podemos sentir cómodos durante la conexión, pero sin garantía de continuidad, ni compromiso. Evidentemente, siempre hay excepciones y cuando una relación pasa al plano de lo real, diremos que la naturaleza de la relación está cambiando. Aquí hablamos de contactos exclusivamente virtuales, que pueden producir una sensación emocional absolutamente falaz.

Por otra parte, el ordenador puede acabar convirtiéndose en una prolongación de nuestro yo, y sentirnos menos capaces de relacionarnos en la vida cotidiana que en lo virtual. Podemos llegar incluso a ordenar el día esperando el momento de conectarnos, como si fuera el momento más auténtico y satisfactorio de nuestra vida. Un momento virtual, en el que puedo controlar con relativa facilidad quien soy ante los otros, distinto seguramente del que soy en realidad. Así, las redes sociales que como comunidad política y social tienen innumerables ventajas, en las que ahora no entraré, pueden resultar un riesgo por su abuso y confusión a nivel personal. No estoy hablando de adolescentes –que sería otro tema con enjundia- hablo de adultos que cubren sus necesidades y sortean sus dificultades de forma obsesiva llegando a puntos peligrosos para su propio bienestar. Se convierte así la metafórica red social, en una red mental que enjaula, esclaviza y distorsiona la personalidad e identidad del individuo que tan solo creía estar conectado.

Un escritor colgado en la red

Aquellos que han conseguido publicar algunos libros, que han alcanzado cierto eco y prestigio, en el ámbito de lo que sería el pensamiento social y humanístico, como la sociología, la filosofía, la literatura, etc.,…sienten haber sido elevados a un rango de especialista o autoridad en su campo, al que deben responder siempre. Ellos, sin embargo, en un alarde de fundirse con la masa, se unen a las redes sociales como si fueran uno más. Primero arropados por sus amigos y allegados y, posteriormente, en un gesto de coraje aceptando al público que así se lo demande. Pero, tristemente este gesto no es más que una impostura. Soportan este estado igualitario mientras los ajenos les cantes sus virtudes. En el momento, en que aparezcan voces discordantes que sometan sus intervenciones a críticas, o les exijan esa igualdad de trato, que es de esperar en la red –yo te leo, pero tú me lees- el airado escritor prefiere jugar en terreno propio y se las arregla para cortar la comunicación, de la manera más elegante posible, o no, ya que algunos no son tan cuidadosos.

Por eso, las redes sociales no son el lugar natural de alguien que no quiere exponerse continuamente al juicio de sus opiniones, porque desde el momento que no se sitúa como un igual, sus palabras tampoco serán tratadas como las de cualquier internauta.

En la mayoría de los casos la voluntad de los escritores es popularizarse a través de las redes, pero entonces tienen que estar dispuestos a un diálogo entre iguales, porque solo así la relación será más fluida y las opiniones tendrán menos carga enjuiciadora.

Esto último no es fácil, porque se interponen la soberbia y la vanidad. Lo que sí es posible, es pedirles por respeto a los que están en la red, que no sean unos impostores, no finjan ser lo que no son, no se muestren tolerantes cuando nada más lejos de su capacidad, ni dispuestos al dialogo cuando nada más lejos de su intención, ni dispuestos a leer nada de alguien que se lo pida porque nada más lejos de su interés. Mejor, dejen la red para los que no necesitan impostarse –aunque ya sabemos que de esos abundan-

Ser escritor con un cierto reconocimiento no permite, por lo que se ve, aceptar que “otro cualquiera” pueda haber elaborado un argumento más consistente que el tuyo, porque eso te lleva al desprestigio y a perder la “autoridad”. Dicho, todo seguido y de carrerilla me recuerda a algo añejo contra lo que luchó Descartes:¡¡¡¡ la autoridad como fundamento de verdad!!! Esto es serio señores.

Las relaciones en Internet

Mucho se ha escrito sobre las nuevas relaciones generadas a partir de las redes sociales, que la revolución tecnológica ha puesto masivamente en nuestras manos. Como en otros muchos casos, me temo que los que más han teorizado son aquellos que no lo han experimentado en primera persona y que a menudo elevan hipótesis o, aventajados ellos, teorías, a partir de casos o vidas ajenas que han llegado directa o indirectamente a sus oídos.

Personalmente, quizás por falta de interés o prejuicios, no he dado con ningún análisis riguroso y de consistencia de la cuestión. Entiendo que la utilización que puede hacerse de las redes es muy diversa, la relación que establece el sujeto con el ordenador o con los que están más allá también, y hay diferencia ente si éstas se utilizan con personas ya conocidas anteriormente y con las que ya se tenía una relación previa, o si el “vinculo” surge en el campo virtual. Un estudio profundo debería establecer una tipología diferenciada de situaciones que originan, en consecuencia, relaciones de naturaleza bien distinta, aunque siempre con la prudencia de establecer un rango de error en las conclusiones, al no perder de vista que los humanos no somos siempre previsibles y las excepciones son habituales.

En cualquier caso, apuesto por abandonar esa fobia hacia lo nuevo, condenando como nocivo de antemano todo lo que parece cambiar la naturaleza de lo ya conocido y establecido. Entiendo que la vinculación a través de las redes sociales –y me refiero por tanto al establecimiento de nuevas relaciones- tiene sus riesgos, sus aspectos negativos, pero también sus ventajas y posibilidades.

Tan solo conociendo a fondo qué es y cómo funciona en nuestra mente y en nuestra vida podremos potenciar sus ventajas y minimizar sus riesgos, extraer, como en tantos otros campos, los beneficios de la tecnología para la vida humana, ya que ese debería ser único fin.

¿Virtual o real?

Las redes sociales virtuales son un amplio espacio, que aún exploramos, donde los límites no están externamente fijados y cada individuo vaga intentando, algunos de ellos, establecer las reglar del juego.

Es evidente que a través de ellas forjamos una imagen social de nuestro yo, distante o no de la que ya tenemos en la red social tradicional. Digamos que esta última está gestada con más cantidad de datos, porque no depende exclusivamente de lo que yo declare o no, y mi actitud, observada por los otros, es más espontánea y menos premeditada, en principio. En este sentido, el espacio virtual nos proporciona la posibilidad de mostrar una imagen más lustrosa de nosotros mismos.

Ahora bien, es cierto que la virtualidad de internet nos crea una cierta sensación de seres anónimos que nos desinhibe en el momento de expresar opiniones y sentimientos. Esta naturaleza oculta, a menudo falaz, provoca que los límites de aquello que compartimos se disuelvan, quizás porque olvidamos que no escribimos solo para los amigos íntimos, ya que con el tiempo, y por razones, diversas hemos ido agregando a desconocidos. Así, el dominio que podíamos tener sobre la imagen que generábamos voluntariamente para los otros puede no ser tan nítido y estar tan liberado de nuestras propias penurias que vuelven a filtrase de alguna manera por los resquicios del mundo virtual. Más aún, si pasamos de compartir información u opiniones sobre la actualidad, a compartir cumpleaños, éxitos de nuestros hijos, propios, y la muerte de nuestros progenitores ¿Hasta ahí queríamos llegar de verdad?

Entiendo que hay quizás un error de concepto del que ahora podemos apercibirnos y tiempo atrás no. Aquello que hasta ahora hemos denominado realidad virtual, en nuestro caso las redes sociales a través de internet, no es tal. Es decir, la oposición manejada entre virtualidad y realidad, para referirnos al mundo cibernético y al físico palpable, suponiendo además que uno era falaz y engañoso y el otro veraz, es una imposición lingüística y caduca. ¿Quién puede aseverar hoy que es menos sincera la relación establecida a través de Facebook con una persona no anónima que con otra conocida en el espacio laboral? Mientras las condiciones de presentación y establecimiento de la relación sean las mismas a la persona solo se la captará tras horas de conversación y eso, por lo general no lo conseguimos ni física ni virtualmente.

En síntesis establecer límites en aquello que compartimos a través de las redes es conveniente; pero el límite puede estar en el uso que hago de ellas –algo que todo el mundo debería preguntarse, para qué- o bien en el grado de relación previo que tengo con las personas que agrego a la red. Entonces, bien protegido, puedo descuidar lo que comparto porque previamente he garantizado el público al que llegarán mis mensajes.

 

ENREDADOS

Las redes sociales pueden tener funciones diversas según en manos de quién caigan: para los adolescentes es un explosivo en potencia –por varias razones que ahora no analizo porque no es el objetivo del escrito- para los poderes fácticos una herramienta de control y manipulación. Pero, y aquí deseo ahondar tal vez porque es el último día del año y nos queda mucho que hacer por delante, un instrumento privilegiado de coordinación, comunicación, expresión y manifestación del ciudadano que no podemos menospreciar. Más bien deberíamos aprender a  sacarle todo el fruto que puede darnos.

La tecnología al servicio de la presión popular hacia las políticas y decisiones injustas. Esto proporciona al ciudadano una doble vía de lucha: la manifestación en las calles, a la que no debe renunciarse porque la ley de seguridad ciudadana debe proteger al propio ciudadano -¿no?-  y las redes sociales con las posibilidades que éstas implican y además con la certeza de que se incorporarán personas que aunque no puedan acudir a protestas en la calle si pueden “moverse” por las redes para apoyar las causas públicas que deseen. Es también una forma de integrar a ciudadanos que si no quedarían al margen.

Soy consciente que el pulso del “David” contra “Goliat” puede llevar a este último a políticas de terror identificando IP y deteniendo y encarcelando a unos cuantos para ejemplarizar –que parece que como sistema de dictadura encubierta se lleva bastante-

Ese es el mismo riesgo que correrán los que sigan mostrando su rostro en protestas para poner en práctica los derechos que nos otorga la carta magna -esa que no se cree nadie hasta que le conviene-

En cualquier caso, somos privilegiados por tener un arma no-violenta con la que defendernos y atacar al poder político, los medios de comunicación cuando estos se dobleguen a los intereses económicos de “los grandes X” y el Bien común y las personas pasen a ser algo colateral  a exterminar y amordazar si es preciso.

Mañas y el “Caso Karen”

Las personas, como las plantas, necesitamos oscuridad para brotar. No hay nada tan destructivo como una exposición permanente

José Àngel Mañas en “Caso Karen”

Una de las vivencias más reconfortantes para un lector, es topar con nuevas formas de expresar añejas experiencias, que parecían gastadas de tan sobadas que estaban ya por la literatura.  Mañas tiene la virtud en esta trama enmascarada de novela negra, de construir una compleja historia cargada de personajes que se entrecruzan con un denominador común: su relación con Karen.  Es a partir de aquí que el autor teje una red de frustraciones psicológicas encadenadas. Publicado en el año 2005 no es su novedad en el mundo editorial lo que motiva este post. Sino la novedad que este autor ha supuesto para mí, y fundamentalmente el interés de destacar la frase que abre el presente escrito, que a mi juicio justifica la lectura de un libro que alcanza su punto álgido en esta sentencia. 

Sugeriría además una reflexión sobre aquellas redes sociales que utilizamos para estar expuestos permanentemente a la luz, evitar la oscuridad -por miedo- y las consecuencias que esto implica en relación a la destrucción del yo -de la propia personalidad- en la medida en que no podemos “brotar” .