Presencias-ausencias

Existimos, y como tales amarrados al mundo, turbados entre presencias y ausencias que se antojan espectrales, imprecisas. Este devaneo casi metafísico entre lo que es y no está, y lo que está pero no es, nos sitúa en el abismo de la confianza, ese imposible de aceptar. Ya que la distinción entre la presencia de o su ausencia no puede ponerse en manos del azar, sino que debe haber una percepción neta entre ser y no-ser, que minimice el riesgo de error. ¿Cómo puede mi yo llenarse de apariencia hueca de igual manera que de plena presencia?

De hecho la presencia puede ser apercibida o alucinada, casi por el deseo ferviente de plenitud de lo otro. Ahora bien, la ausencia solo puede sentirse como carencia de algo que se ha poseído. Si ese echar de menos es de un calado profundo podemos intuir que esa ausencia es el mayor testimonio de la presencia referida.

Sentir las ausencias es la manifestación de que hubo presencias, por el contrario quien siente ausencias como vacías y no puede encontrar su correspondiente presencia, es un nihilista emocional que derivará por extensión a la nadería existencial.

El querer como objeto de la voluntad

La voluntad se vacía cuando se apercibe que no hay objeto del querer, que llegados a la ultimidad no hay, no es, solo puede querer la reverberación de sí misma: la voluntad como objeto de la voluntad, el querer querer.

Y ese querer duplicado, es querer absoluto, que devora y engulle todo cuanto tiene a su alcance, como un depredador sin voluntad.

Por ello los humanos nos convertimos en seres doblegados por la hambruna, ansia desbordada de querer algo en vez de nada.

 

Letanía abisal

Esa letanía interior que advierte de la desgarradura que reitera el vacío crónico cada vez que se hace presente. Ese abismo oscuro que parece centrifugar aunque nos resistamos, barajando alternativas: un tajo de dolor físico para mitigar la angustia, un fajo de lenitivos en cápsulas para mitigar la conciencia, un acto definitivo para mitigar el ser o una llamada de auxilio que mitiga la autoestima. Alternativas lacerantes, todas ellas.

También podemos no respirar, intentar atajar el tiempo, para que no transcurra la vida y detener estos sucesos, absorber la desgarradura, el centrifugado, la angustia y tomarnos un receso. A ver si después, todo calmo, se afloja la vida y no exige tanto.

Al fin y al cabo, para llegar al abismo pueden abreviarse los pasos y zanjar el avistamiento de un manotazo. O ser un Sísifo consciente o probar la caída libre que tal vez nos desvele algo al paso.

Querer vivir

Hubo otros tiempos en los que elevarse por encima del mundo, abstraerse para no sentirse atrapado por el gemido intenso, que es su desarmonía cósmica, producía una reverberación edificante.

Los tiempos que vivimos han truncado la viabilidad no de los gestos, pero sí de su eficacia. Ya no descansa la distancia mental de las turbulencias cotidianas, porque ubicados en el abismo las respuestas han sucumbido como corruptibles.

Si la volatilidad del mundo ha mostrado que nada es, en un sentido substancial, nuestro empeño metafísico no es más que terapia de refuerzo, ávidos de querer necesitamos metabolizar lentamente que la voluntad erró en su objeto.

Nada hay, quizás, tras este fluctuar poco deseable; pero huir fantaseando idílicos parajes es pernicioso, porque llega el día en que los reyes magos se despojan de su capa. Más hábil sea quizás vivir con lo que hay, si se puede, sino nadie tiene compromisos metafísicos, tan solo lazos con aquellos que comparten su mismo rango.

No sé si son tiempos fáciles para vivir, lo que sí creo es que no lo son para querer vivir.

La vida exige soledad

La soledad no es más que esa oquedad que algunos, distraídos por la vida, no han notado. Como si hubiese vida, en ese trajín escurridizo. Los que van palpando ese hueco vacuo y creen que son sus circunstancias que les han absorbido el interior, se equivocan.

La tragedia humana se descarna cuando hundimos el alma en la vacuidad de nuestra soledad, y constatamos que es nuestra condición de posibilidad y el punto de partida para aceptar la propia existencia.

No hay existencia sin dolor, ni vida sin soledad.

Memoria de los vivos

La memoria vacía de significado algunas palabras, que ya no nos pertenecen.  Escupidas, en el olvido, aunque podamos recuperar su uso, siempre nos serán ajenas, como artificios sin vínculo que ubicamos en el lugar correcto, pero de los que solo percibimos su oquedad.

Así, el nexo entre las palabras y las cosas es el sentido que el mundo tiene para nosotros. De igual manera, roto el vínculo básico,  pierde significado una parte del mundo y, en consecuencia, carecemos de una parte de nuestra identidad.

La memoria es pues la facultad sin la cual no podemos retener relaciones establecidas, vínculos, sentidos, ni por tanto la propia identidad.

Quien mata sus recuerdos, elimina el sentido de sí mismo, vagando por una nebulosa abisal.